jueves, 12 de abril de 2012

Sol de Anáhuac

Víctor Antero Flores
—Usted es el único interno que pide libros.
Ricardo Magnus examinó el tomo. Era un viejo ejemplar de París en el siglo XX.
—Es porque soy el único habitante de este lugar. Díselo a tu programador.
El robot levantó los tomos rechazados con su tentáculo y los colocó en el interior de su cuerpo.
—¿El señor está conforme? ¿Cuándo paso por el libro? ¿Lo terminará el domingo como acostumbra? ¿Desea ir escogiendo la próxima historia?
—Estoy aquí por ser un cuestionador violento, Aldo, como tú —dijo sobrio el hombre y se tiró en el catre a leer.
—La política no es mi ramo —indicó el androide.
—Mira, este libro tiene una dedicatoria en la primera página: Post mortem… Para Adrián Rodríguez García, padre de Ciudad Lux y creador de la Universidad Universo. De sus discípulos. Ya nadie lo acostumbra. ¿Será que ya no se editan tantos libros en papel? —suspira—. Recuerdo mejores tiempos.
El asistente extrajo de sus entrañas un panel lleno de perlas transparentes.
—Ahora nadie tiene por qué hacer el esfuerzo de traducir caracteres —dijo Aldo con voz mecánica—. Los libros digeribles pueden instalarse en el subconsciente.
­­—Jamás lo he hecho y nunca lo haré.
—El otro día tomó algunos.
—Pero no los tragué. Esos títulos son una curiosidad, incluso un misterio en la publicación de libros digeribles. No debieron ser editados y por eso los guardo. Por otro lado considero que esos librachos comestibles son una falacia.
—Tienen gran resultado, señor. Éxito de la nanotecnología. No hay que convencer a nadie de leer. Se tragan y al momento de requerir la información esta aparece como un recuerdo.
—Sé como funcionan. Inventos orientales para países tercermundistas. Tener que tragase un libro, literalmente, no sólo me parece absurdo sino risible. Generan un recuerdo raso del contenido. ¿En dónde queda el disfrute de la prosa, del idioma, de la narración, de lo humano? Un libro nos identifica con lo que somos. No como esos chícharos de información llana para tostadoras como tú.
—Estos libros elevaron el promedio de educación en el país a nivel profesional.
—¡Felicítame al presidente! —exclamó con sarcasmo.
El robot giró ciento ochenta grados y se dirigió al hombre que se acercaba.
—Felicidades, señor, de parte del interno.
Con afable aire el visitante esgrimió una orden y el robot se apostó a un lado.
—¿Molestando a la servidumbre, doctor?
—Es mi única distracción en el mundo real.
—Veo que sigue aficionado a lectura análoga.
Magnus lo miró receloso tras los barrotes y dejó el libro para más tarde.
—Usted no lo sabe, pero cuando abro estás páginas salgo de aquí y soy libre.
—Sé de lo que habla. Leí mucho en mis tiempos.
—¿Leyó mis libros?
—Algunos, antes de que usted fuera presidente. Admirables.
—¿Y Sol de Anáhuac?
El funcionario hizo otro gesto y el robot desplegó un banquillo, y tomó asiento.
—Usted no es un preso político.
—Entonces qué clase de reo soy.
—No reviviremos las monsergas del proceso.  La nueva administración no está de acuerdo con su condena, la consideramos exagerada por parte del tribunal mayor.
—Pues sáqueme —reclamó Ricardo Magnus poniéndose de pie.
—Las cosas ya son diferentes. El poder ejecutivo ya no es autocrático, la barra fuerte de la opinión pública sigue en su postura de extrema derecha y su falta está catalogada como un atentado a la soberanía nacional. Los testigos y las pruebas indican la intención de vender territorio mexicano a una potencia extranjera.
Magnus saltó sobre los barrotes y los apretó.
—¡Allí está la trampa! La procuraduría no hizo bien su trabajo. Las trasnacionales están de tras de todo. Mi intención era convertir en reserva ecológica la Cuenca de Maltos. Hubo información manipulada, documentos que se malinterpretaron.
—Lo entendemos. Su intención era evitar la explotación de los mantos de gas y petróleo recién descubiertos.
—El mundo necesita ese cambio —los ojos de Magnus centellaban—. Hay que terminar con las máquinas que queman hidrocarburos antes de que todo perezca. Si llegamos a ser los primeros en lograr la transición nos convertiremos en la punta de lanza de toda la tecnología que surja del cambio. ¿O vamos a esperar a que los orientales la inventen y nos la hagan tragar como estos libros?
Proyectó su mano tras la reja y tomó sin permiso la pluma del saco presidencial. Vació su contenido en el buró. Cinco esferas traslúcidas brillaron con la luz ámbar.
—Ese contendedor es regalo del obispo—dijo receloso el gobernante.
—Seguro aquí viene la Biblia, ¿no? —se burló el reo.
—La Biblia, La Constitución, dos tratados de paz social y el discurso de la victoria.
—Mi libro contiene los mecanismos para hacer la transición de los hidrocarburos a la energía solar sin quebrantar la economía.
—Eso significa echar fuera del país a las armadoras extranjeras y a otros involucrados. Provocaríamos una intervención.
—No, si propiciamos las condiciones para que esas fábricas emigren a otros países mientras desarrollamos nuestra propia tecnología… ¡Punta de lanza!
—¡Incosteable!
—Al contrario. Habrá que tumbar cabezas, limpiar terrenos, apropiarnos de nuestra propia riqueza y administrarla… De allí surgen los recursos.
—Dicho así parece fácil. Pero es obvio, lo dice un ex cacique.
—¿Y quién mejor? Su nueva administración tiene el plan de limpieza para terminar con las viejas posturas e instituciones que evitan la explotación de la propia riqueza. Yo, la forma de echar a andar un nuevo mundo. Mi libro… allí está todo.
—Sol de Anáhuac desapareció. No queda un solo tomo en el mundo.
El reo acopió las esferas de la mesa. Las observó, prestidigitó con ellas y poco a poco las  introdujo en la pluma.
—Sí, quedan algunos. Yo, por ejemplo, soy mi propio libro —dijo y después lo miró de soslayo—. Libéreme y el crédito será de ambos.
—No me interesan los créditos, eso es vicio de los viejos regímenes.
La mano del prisionero se estiró con amable gesto y le ofreció el contenedor.
—Entonces, que sea por el bien universal.
El presidente se incorporó, tomo su artículo y emprendió la marcha diciendo:
—Reformar la Procuraduría de Justicia llevará tiempo.
—¡Sabe que soy víctima de una caería política de mi partido! Pensamos igual, este fue un país asaltado por su propio gobierno y usted y yo iniciamos el cambio.
—Adiós, doctor Magnus.
El condenado resopló con amargura.
—Entonces, ¿cuál fue el motivo de su visita?
Aquel se detuvo.
—Fue meramente social — dijo y se alejó.
—¡Obtiene muchos créditos al visitar al único preso de Nueva Lecumberri! ¿Verdad? —gritó Magnus—. Cuando lea mi libro verá que tengo razón.
El robot aseó el piso donde los zapatos del mandatario dejaron el polvo de la calle. Luego, con sobrio servilismo, repitió su programa.
—¿El señor está conforme? ¿Cuándo paso por el libro? ¿Lo terminará…?
—Estoy conforme, Aldo. —se acercó a la máquina y preguntó—. ¿Puedo ver tu charola de los chícharos?
—¿El display? Por supuesto señor. Creí que nunca se decidiría. Tenemos la Historia Universal, Teatro y Literatura Dramática, Arqueología, Huitzilopochtli…
Ricardo Magnus agitó las manos queriendo sacudirse esa voz electrónica, tomó el exhibidor y lo acercó de un jalón. La sacudida calló al parlanchín.
—Uno es lo que come —expuso—. Hay que tener cuidado con lo que te metes en las tripas, Aldo. Hoy voy a hacerte una donación.
Sistemáticamente colocó, una tras otra, cinco perlas en el portalibros.
—¡Caramba, señor! ¿Qué obras son estas?
—La Biblia, La Constitución y no sé qué basura más.
—Son las del presidente.
—No. Es una coincidencia —mintió impasible mientras terminaba la operación.
Las cámaras oculares del robot inspeccionaron las esferas.
—No puedo procesar la incertidumbre.
—Lo sé —respiró aliviado y fue por su lectura. Hacía poco tiempo que varios tomos digeribles de Sol de Anáhuac le había llegado en la misma bandeja de del robot. ¿Quién lo hizo? Eso ya no importaba.—Hay muchas cosas por arreglar en este mundo; cosas que no entiendes mi estimada bobina parlante. Los hombres y las mujeres, desde que somos lo que somos, hemos sacado de su hábitat a muchas especies y luego, al ver nuestro error, buscamos la manera de reintegrarlos a la naturaleza. Mi especie  transformó… o mejor dicho trastornó su entorno en un afán evolutivo forzado y violento. Ahora la gran pregunta es ¿Cómo haremos para reintegrar al ser humano a la naturaleza? —el exhibidor con los libros desapareció en el interior de Aldo y ambos se miraron—. La respuesta ya viene, como cada nuevo sol de los aztecas.
El robot parpadeó y Ricardo Magnus se tiró en el catre a leer.

"Sol de Anáhuac" ganó el Segundo lugar en el Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción y Fantasía "Todo puede cambiar" de La Brigada para leer en libertad A.C. en México D.F. 
Fue incluido en el libro "Y si todo cambiara". Mayo de 2011.

martes, 5 de julio de 2011

La manda


Víctor Antero Flores

El sol de mediodía calcina la tierra.
Por la vereda marcha el viejo. Lento, pesado, desquebrajado. Una cobija envuelve su cuerpo. Sólo se ven sus piernas zambas salir bajo las hilachas. Zapatones rotos. Pasos pequeños que provocan un bamboleo de nave en ultramar. Un morral cuelga de su hombro. Pocas provisiones para un horizonte tan yerto. El sudor escurre bajo su sombrero de palma, recorre los surcos de su cara que persisten secos y gotea desde su nariz hasta evaporarse entre las piedras.
Una polvareda en el frente lejano indica gran movimiento de animales y personas.
Cada paso es menguado, como si llevara un enorme peso sobre sus hombros.
La columna federal apareció detrás.
No se detuvo pese al ruido de los caballos. Comenzaron a pasarlo: Uniformes caquis, oficiales azules, carabinas, sables, cañones. Luego las carretas de pertrechos. De pronto toda esa hilera se detiene al grito del comandante. Un jinete sale de la formación y va directo a él.
—Tú, viejo. ¿A dónde vas?
—A Saltillo —indicó con voz dolorosa, levantando los ojos para verle la cara.
—Atrás hay un caballo muerto de un tiro, ¿es tuyo?
—Nunca he tenido caballo.
Bigote adusto, quepí ceñido, casaca pulcra, brillante botonadura. El militar no está para perder el tiempo.
—Yo creo que eres gente de Murguía.
—¿Yo, señor? No.
—Los vamos siguiendo.
—Pasaron hace mucho rato.
El jinete desmonta e inspecciona más de cerca al viejo.
—Atacaron la Hacienda de la Luz donde estábamos acuartelados. Los echamos a correr, pero saquearon la bodega y se llevaron cosas de valor. ¿De dónde vienes?
—De Cuatro Ciénagas.
—Eres gente del Primer Jefe de ellos, ¿verdad?
—No, señor. Trabajé en sus tierras, de peón.
—¿Y ya no?
—No. Eran malos para pagar.
—Yo creo que andas en la bola.
—Ya estoy viejo para esas cosas.
Fría indagación.
—¿Tienes tierras allá?
—La única tierra que poseo es la que traigo en los pies.
—Ya dime, ¿de quién eres gente?
—Yo no soy de nadie.
—Pues te vamos a fusilar.
La sentencia ni siquiera perturba al anciano. Permanece mirándole de manera famélica y habla con resignación.
—Pos bueno, lo que mande usted. Ya le he pedido a mi Señor que me recoja. Tal vez Dios los mandó a ustedes para concederme el favor.
—¡Teniente! —vocifera el general—. Forme un escuadrón.
De un manotazo le arrebata el morral y vuelca su contenido en el suelo. Ordena a un soldado que inspeccione aquello. Un guaje con agua, un itacate con tortillas viejas, una cuchara, una taza de metal, una bolsa con granos de maíz y un escapulario, todo aquello es revuelto y arrojado en el camino.
—Ni armas ni mensajes, jefe.
—¿Qué traes bajo esa cobija?
El anciano aprieta la manta como si fuera de gran valor.
—Mis cueros, señor, y mucho frío.
—Párate allí.
Se acomoda al margen del camino. Cinco hombres forman una fila.
—Por última vez, ¿de quién eres gente?
—Soy gente del pueblo.
—¡Teniente! —indica con el gesto autoritario de “ya sabe lo que tiene que hacer”.
A la orden del subalterno los soldados cortan cartucho y apuntan. Se miran de reojo, unos tiemblan, otros permanecen insufribles, esperan el mandato fatal.
—Concédame una última voluntad, señor —exclama el condenado con voz apenas audible—. Por derecho de hombres.
—Habla.
—Voy a pie hasta la Capilla del Santo Cristo para cumplir una manda a mi Señor. Es una promesa, pero como veo que no voy a llegar, allí le encargo que lleve usted ese escapulario hasta el altar. Allí van cosidos unos milagritos. Le dicen al cura que son por haberme salvado de morir un día —dicho esto baja la cabeza—. Ahora sí, fusíleme usted.
Una pausa. El sol los quema en silencio. Los tiradores se cansan de la postura. Se tambalean. Tras el viejo, en el desierto, se levantan torbellinos de polvo. La columna espera.
—¡Bajen las armas! —ordena el jefe—. ¡Monten todos! ¡Nos vamos de aquí!
Con el mismo estruendo de la llegada, se retiran. Caballos, hombres y carretas se pierden a lo lejos dejando una estela de polvo.
El viejo permanece junto a la vereda. En cuanto los pierde de vista va por su guaje, lo levanta con gran trabajo y da un trago. Se quita la cobija. Dos cananas cruzan su pecho llenas de cartuchos lustrosos y otros faltantes. Lleva una pistola metida en el cinturón. Sin duda esos fierros le pesan, pero no tanto como los dos sacos amarrados al mecate que franquea su cuello. Los suelta y abre uno. Saca siete monedas de oro y las mete en el escapulario.
—Estas son para mi Santo Cristo, que otra vez me hizo el milagro. No importa que sea dinero federal. Igual vale.

09 de abril de 2010
"La manda" es un cuento publicado en la revista anual PEGASO, Number 4, Fall 2010. Is a refereed journal sponsored by the Department of Modern Lenguages, Literatures and Lingustics of the University of Oklahoma, USA.


martes, 8 de febrero de 2011

De Leyenda…

 Un paseo por al Antigua Hacienda de Ciénega del Carmen

Víctor Antero Flores

El sureste coahuilense, un territorio de serranías y llanuras cobijadas por el semidesierto. Antiguo lecho del mar de Tetis que hace 65 millones de años era el hábitat de moluscos, amonitas, peces y dinosaurios de los que ahora sólo quedan sus fósiles. Un lugar que hace quinientos años era la inhóspita frontera entre la civilización novohispana y el desconocido norte, lleno de mitos increíbles. Allí, entre las ciudades de Torreón y Saltillo, a unos pasos de Parras, enclavada en la sierra de Paila, está la Antigua Hacienda de Ciénega del Carmen, un lugar de historia, mitos y leyendas de película.

Evocación.
La Hacienda de Ciénega del Carmen fue construida hace más de 400 años como propiedad del Marqués de Aguayo, un nombre que en la región es sinónimo de mitos y leyendas conocidas por todos, inverosímiles relatos de aire colonial que de boca en boca dan color a la región.
El casco data de la segunda mitad del siglo XVII, tal vez de 1667, año en el que Agustín de Echevertz Subiza y Espinal, el primer marqués de Aguayo, se casó con Francisca de Valdés Alceaga y Urdiñola, bisnieta del conquistador, gobernador de la Nueva Vizcaya y pacificador de indios don Francisco de Urdiñola. De este matrimonio nació una niña, Ignacia Javiera de Echevertz y Valdés (segunda Marquesa de Aguayo) en 1679 y se casó en terceras nupcias con José Ramón de Azlor y Virto de Vera, segundo de la Casa de Guara, quien por este matrimonio adquirió el título de segundo Marqués de Aguayo. Y se dice que su cortejo fúnebre pasó, y seguro tuvo estancia y descanso, en la Hacienda de Ciénega del Carmen el 7 de marzo de 1734. En ese entonces este era un lugar dedicado a la siembra de trigo y a la molienda. El casco era enorme, con un acueducto grande de más de diez metros de altura, que llevaba agua al molino. Había casas, gigantescas trojes donde se guardaba la cosecha de cada año, escuela para los niños, plaza pública, caminos, gente, actividad de sol a sol. Rebosaba de vida.
Para el siglo XIX, la sexta generación de marqueses, debido a deudas adquiridas e hipotecas, se vio obligada a poner en venta la propiedad, que fue adquirida por la poderosa familia Sánchez Navarro, potentados del latifundio más grande del mundo en esa época.
Después la hacienda fue comprada por un inglés de apellido Richardson quien comenzó elaborar el producto que había hecho famosa a la región, el vino. Las grandes bodegas se vieron repletas de barricas de roble de todos tamaños, destiladores, silos de fermentación, depósitos para la uva, prensas y maquinaria. Produjo diversas clases de vinos hasta la segunda mitad del siglo XX cuando ya era propiedad de la familia Aguirre Martínez. Para entonces ya era un casco antiguo pero conservado. Paulatinamente, la economía quebradiza del país despobló la región. La competencia era fuerte y la gente prefería emigrar a las ciudades. La Hacienda quedó casi en el abandono. Mantener un lugar tan grande dejó de ser rentable, pero en los años sesenta tuvo un golpe de suerte que ayudó mucho a los lugareños, y fue por parte de una industria no tan propia de la región, el cine.
Hollywood llegó a Parras y a la Hacienda de Ciénega del Carmen con la película de The Wild Bunch, de Sam Peckinpah, conocida en México como “La pandilla salvaje” y en España como “El grupo salvaje”. Es una cinta protagonizada por William Holden, Ernest Borgnine, Robert Ryan, Edmond O'Brien, Warren Oates, Ben Johnson, Bo Hopkins, Alfonso Aráu y Emilio “el Indio” Fernández; rodada en 1968 ganó, un año después, el Óscar por mejor guión y por mejor banda sonora.

Sábado 22 de enero de 2011.
La última vez que estuve aquí tenía dieciocho años, y de eso hace veinticinco. Mi amigo, Fernando Tafich Aguirre, quien su familia es la actual dueña de la hacienda, me invitó a pasar un par de días en el lugar y a recordar las aventuras de antaño, pues hacía décadas que no nos veíamos.
Por la terracería que viene desde el pueblo del mismo nombre la veo enclavada en el cerro. Se ve más pequeña de lo que en realidad es. Está casi igual que hace veinticinco años, sólo que un poco deslavada. Veo construcciones antiguas que no recordaba y las grandes naves que hace tantísimos años fueron graneros de trigo. Allí está la casa frente a la plazuela donde vi “La pandilla salvaje” en 1986, como parte de aquella visita. Después tuve oportunidad de reconocer cada locación de las escenas que vi en la película.
Los arcos del acueducto son diferentes a los tradicionales que vemos en la región, son góticos. Un estilo poco usual por aquí. Seguramente influencia árabe. Allí sigue el cuartito con las ruinas de un baño sauna que tal vez fue la delicia de los latifundistas. El patio central me evocó inmediatamente escenas de La pandilla salvaje: Soldados revolucionarios moviéndose por allí, las balas que pegaban en las paredes y la abundancia de sangre. Por cierto, luego de la filmación los muros quedaron maltratados con tantos estopines que hicieron estallar para simular el impacto de las balas. Recuerdo haber recogido un par de cartuchos de salva calibre 30-30 que fueron utilizados por los actores. Fernando me dice que aún quedan algunos por allí. El corredor principal fue restaurado en sus paredes y en el piso. La antigua duela se había podrido. Los cuartos interiores siguen tal y como los había visto de adolescente, largos, amplios, de techos altísimos, con madera en el piso. Ahora allí hay camas y dos mesas de juego, una de futbolito y otra de billar, guardadas del polvo con sendos plásticos. Las puertas de las ventanas sin vidrio, nudosas y antiguas, están abiertas para propagar la luz. Afuera resuella una pequeña planta de luz eléctrica portátil. De noche se vive como lo hacían los antiguos dueños, hermanados con la oscuridad. En la cocina hay un túnel misterioso. Originalmente proveía agua para las faenas domésticas; ahora dan ganas de explorarlo. Nadie ha entrado. Seguro fue refugio de los habitantes de la casona durante las épocas conflictivas: la invasión norteamericana, la intervención francesa y la Revolución. ¿Qué ocultará en sus entrañas? No entramos, no por falta de valor, sino por falta de una lámpara.
Algo que no recordaba de la fachada del casco es el ancla en sobre relieve que lo adorna. Un ancla marina, con su cadena, bien conservada. Rara imagen en un lugar desértico alejado por cientos de kilómetros de cualquier costa. —Es el símbolo de los molineros—, me dijo Fernando. Por otro lado encontré que el ancla es un símbolo universal de seguridad y de esperanza (y si que se requería en estas tierras). Fue utilizado desde la época del Rey Salomón, igualmente en el cristianismo e incluso en la masonería.
A cincuenta metros de ese lugar están las trojes, dos de ellas sin techo. Los muros sobrepasan los ocho metros de altura, con más de un metro de espesor como por treinta de profundidad. Casi todas las puertas centenarias se conservan en sus goznes. Uno de los graneros aún funciona como bodega donde se guarda maquinaria agrícola. En una el techo se sostiene por una línea de arcos góticos de piedra, mientras que el resto es de adobe y nos da la impresión que se construyó usando un pedazo de acueducto para sostenerla. Aunque eso aún está en veremos.
Salimos de allí y caminamos por lo que antes debió haber sido un alegre paso de carretas, jardines, empedrados y caseríos que llevaban a la gran bodega que alberga las cavas. Al abrirse el viejo portón todo adentro parece más amplio que visto desde afuera. Es como entrar al país de Oz donde todo toma nuevo color y proporción. Ya no es tal y como lo recordaba, en veinticinco años desaparecieron la mayoría de las barricas. El tiempo las acabó. Veo un barril solitario trepado en un andamio. Lo reconozco de inmediato al ver sus viejas cicatrices. Es el mismo que fue perforado a balazos por “La pandilla salvaje” para beber vino a chorros. Está casi igual, con los orificios de bala originales, algunos tapados con un tipo de resina. Así era, sólo que antes estaba acompañado por una fila de iguales. Es una de las escenas que más han permanecido en mi memoria, como aquella en la que el grupo de forajidos usa de tina de baño una enorme barrica llena de vino, departiendo entre mujeres desnudas. Allí sigue ese enser y aquellas extras de película también dejaron legado; supe después eran gente de Parras, y hay quienes aseguran qué aún andan por allí algunos “hijos de la pandilla”. El lugar es grande, enorme, con iguales arcos góticos en el interior, con barricas inmensas, allí están los viejos destiladores, el horno, silos donde se depositaba la uva, más cuartos, la cava oscura a donde llevaron muchas de las barricas para preservarlas. Preguntó por leyendas. —Hay historias de que aquí se parece el diablo—, cuenta mi amigo —pero muchas fueron invento de los viejos dueños para evitar que la gente entrara a robarse el vino—.

Noctámbulos.
La noche llegó. Regresamos a la casa grande. Algunos invitados ven un partido de fútbol americano en una computadora a través de banda ancha del internet. Hay problemas con la planta de luz. Quedamos a oscuras unos momentos. Alguien insiste en ir al panteón y retar a la bruja que dicen anda por allí. Son la doce de la noche y cruzamos en camioneta el kilómetro de matorrales hasta el camposanto, más por curiosidad histórica que por creer en cosas paranormales. No es un lugar tétrico, es pequeño y sigue en uso para los poblados cercanos. Conserva criptas muy antiguas, la mayoría tristemente saqueadas. Dicen que la gente principal de aquella hacienda era enterrada con joyas, por eso el latrocinio. Hay luna y pueden verse las siluetas de las cruces y las tumbas. Con lámpara en mano investigo una de las criptas. Ni siquiera hay ataúd dentro. Otras siguen cerradas. Volvemos al casco.

Preservación.
El sol de la mañana se perfila sobre los arcos sarracenos y su enormidad. Recuerdo en la película a los soldados apostados en lo alto disparando sus rífeles. ¿Cuántas cosas de la ficción se habrán visto en la realdad de este lugar durante 400 años?
La hacienda de Ciénega del Carmen allí sigue y sus dueños tratan de preservarla. Para eso se necesita mucha inversión. Desgraciadamente los programas de patrimonio cultural de gobierno incluyen la expropiación de los predios, y para los propietarios resulta poco conveniente. El proyecto de rescate de este inmueble incumbe ahora a la iniciativa privada y por eso el lugar ya se ofrece para vistas y excursiones turísticas y, por supuesto, para rodar películas. Muchas haciendas del noreste han terminado en ruinas por la acción del tiempo y la ignorancia de personas que desconocen su valía. La Hacienda de Ciénega del Carmen es un lugar enorme, en todos los aspectos, mejor cuidado que muchos, y digno de protegerse para el estudio y conocimiento de nuestra historia.

lunes, 2 de noviembre de 2009

El padre dormido

Víctor Antero Flores



El niño mira amorosamente al hombre dormido sobre el sofá. Sabe que lo quiere. La manta está en el piso. La levanta y lo cobija. Es el único momento del día en que puede disfrutar de la presencia de su padre y aún así, siente miedo. Lo Imagina despertando con amigable actitud, haciendo algún comentario divertido antes de salirse a la calle. Cómo anhela eso y mejor no lo mira más porque si lo despierta... no quiere ni pensarlo. El pequeño imagina que no es malo. Hay tanta paz en su padre dormido que prefiere irse de puntillas, para que el cansado hombre tenga un rato más de felicidad.

Cuento publicadlo en el Libro Para Leerlos Todos, UIA Leon, Guanajuato, 2009

jueves, 15 de octubre de 2009

Leyenda de un unicornio

Víctor Antero Flores



Ella era un suspiro en el bosque, una delicada brisa que en libertad flotaba. Le hubiera gustado tener un vestido holgado de seda para que el viento jugara a ondearlo. Le hubiera gustado tener los cabellos dorados y los ojos violeta, así como dicen ser las princesas. Le hubiera gustado ser bonita, para que los caballeros se batieran buscando su amor.
Pero la realidad le era cruel a comparación de sus brillantes sueños. Le era hermoso soñar, pero eso no era la vida; aún así seguía creando sus esperanzas en lugares, hechos y personas que ella inventaba. Volver a la realidad siempre era un golpe extraño, pues nada de lo que había imaginado estaba allí.
Perdió la cuenta de las veces que durmió bajo el gran árbol, junto al río, para despertar y descubrir que el unicornio no apareció.
La leyenda contaba que aquel mágico animal únicamente se presentaba ante una virgen que durmiera bajo esas condiciones.
Ella miró el lugar. Se tocó la cara, como queriendo reconocerse, llevó sus manos a la boca y después las deslizó sobre el vestido, sintiendo su talle, abrazándose a sí misma..
—La virginidad está en la mente, no donde todos piensan —decía en voz alta para no sentirse indigna de sus sueños.
Llegó al borde de la plácida corriente, junto a un enorme nogal y volvió a dormir bajo su sombra.
Por primera vez, en años, tuvo un sopor tranquilo y lleno de luz. Allá afuera nada importaba.
Despertó sintiéndose ligera, despojada de las preocupaciones y miedos cotidianos. Miró con sorpresa que su mundo había cambiado. Físicamente era el mismo, pero lo veía con otros ojos, con una nueva energía de vida.
Se incorporó para inspeccionar, el ruido había sido muy leve pero logró escucharlo sin perturbarse. En algún lugar de los alrededores, escondido por la vegetación, un animal que pisaba sobre pezuñas, había retozado.
Sigilosa, observó la maleza. El sonido de las pisadas volaba con el viento. Ella dio unos pasos junto al río y entonces encontró las huellas. Un equino estuvo a su lado mientras permaneció sumida en el letargo.
Las hendiduras impresas en la tierra húmeda la llevaron hasta el pequeño estanque. Los sonidos parecían provenir de ese lugar.
Se encontró con el carrizal que envuelve los límites del agua; detrás había movimiento. Miró tímida entre los huecos de luz que se filtraban
Cual cortina de un escenario, los carrizos se abrieron en contra de su voluntad y la figura que apareció ante ella la sorprendió. Esos ojos tristes reflejaron la magia de su corazón. Pensó que lo correcto era sentirmiedo, más no podía.
—Me estoy bañando —dijo él, quien mostraba su torso desnudo.
Ella hubiera querido disculparse.
—Yo sólo estoy... buscando... —y se giró a izquierda y derecha buscando al unicornio.
—¿No te da miedo andar sola por estas regiones?
—No, ¿por qué? Nadie viene a este lugar.
—Yo sí vengo.
—Tú no me das miedo.
Ella le miró; no era un hombre feo y parecía educado.
—¿Qué es lo que estabas buscando?
—Algo.
Él sonrió ante la elocuente respuesta.
—Te ves muy convencida de que sabes lo que buscas.
—¿Sí? ¿Y tú qué haces aquí?
—Son mis tierras, solamente paseaba y me dieron ganas de nadar un poco.
Ella volvió a investigar con la mirada los alrededores.
—¿Crías caballos?
—¿Caballos? No. Mi abuelo sembró todos esos nogales y eso es lo que cultivamos aquí.
Ella se convirtió en un sol de satisfacción. Sus sueños estaban seguros.
Él emergió de entre el cañaveral y se abrió paso aplastando las hierbas. Tenía un pantalón vaquero y una playera blanca en la mano. Terminó de vestirse en cuanto estuvo libre de obstáculos. Entonces ella pudo apreciar su altura y la energía que emanaba de su cuerpo al moverse. Encontraba cierto poder brillante en eso.
—¿Te molesta que haya entrado en tus tierras?
—La verdad, no. Pocas veces uno tiene la suerte de encontrarse con una muchacha bonita por aquí.
—¿Bonita Yo?! Mírame bien. No soy, que digamos, una belleza.
—¿Que no eres bonita? Comparada con quién —hizo una pausa—. A veces queremos pretender ser quienes no somos. Compararse no es bueno, te deprimirás —ella percibió un brillo mayor en ese espíritu.
—¿Cómo te diste cuenta de eso?
—Idealizar es parte de una búsqueda infructuosa cuando no tenemos los pies sobre la tierra. Yo hubiera querido encontrar a mi mujer ideal, pero quien siempre paga es la real... y uno mismo. Qué pudiera dar por encontrar a esa mujer de cabellos dorados y ojos violeta que pasea por los campos de mi imaginación en vestido de seda blanco. Pero uno se cansa de buscar en donde no hay nada.
Ella relucía de sorpresa y euforia.
—Sí hay, pero existen fronteras y muros que no dejan ver.
—Puede ser.
A ella se le ensombreció un poco el semblante.
—Yo también busco un ideal.
—Entonces tómalo con calma, de seguro es un espécimen raro.
—Rarísimo.
Él se rió de la respuesta.
—A veces yo me siento muy raro cuando trato de interpretar el papel de mi personalidad ideal. Quisiera correr en cuatro patas... galopar al viento.
Entonces ella fue la que se carcajeó.
—No me lo puedo imaginar. Tú gateando por allí.
—No me lo tomes tan literalmente, ya estoy grandecito. Para eso uso un sustituto.
Y lanzó un silbido.
Ella escuchó con desahucio. Eran de nuevo las pisadas a trote de un equino.
El caballo de raza árabe apareció dando la vuelta al camino desde el cañaveral.
Él corrió a su encuentro y de un salto montó a pelo.
La conjunción mágica se realizó. Él sobre la bestia era más que un centauro, era una fusión en donde el jinete se convierte en la punta fascinante que transforma al bruto en armonía.
—Cuando te vi dormida bajo el nogal —dijo desde su montura— me dio pena despertarte con los resoplos del caballo y por eso lo alejé de este lugar.
—¡Pero dijiste que no criabas caballos!
—Cierto, no los crío. Pero sí tengo éste.
Otro cruce de miradas eufóricas dio un toque terrenal a los soñadores.
—¿Ya te vas?
—Pues sí. Aun hay cosas qué hacer. Me gustó platicar este rato contigo... aunque fue un tanto extraño.
—Sí, fue algo raro, pero me agradó.
—A mí también. Adiós.
Tomó camino a galope mientras ella levantaba la mano para despedirse.
De pronto la joven sintió que perdía una parte de sus sueños y al mismo tiempo otra de su realidad. Entonces gritó, con voz apagada:
—¡Unicornio!
Él detuvo al animal y la miró con cierta inquietud y sorpresa.
—Dime.
—¿Te acompaño...?
—... Vámonos.

Este es uno de mis primeros cuentos. Fue publicado en un periódico saltillense allá por 1994.

jueves, 24 de septiembre de 2009

El misterioso caso de los precios altos y la gasolina que sube

Víctor Antero Flores Zertuche

Todos hemos pensado alguna vez, el porqué suben tanto los pecios de los productos básicos alimenticios, algunos dicen que es por la inflación, otros que por la crisis, pero a la que más le echan la culpa es, a la gasolina.
¿Qué tiene la gasolina, que hace que aumente el precio de la vida?, ¿A caso este es un recurso básico para la vida del hombre? Si solo hace que la máquina de combustión interna trabaje.
Entonces fue cuando decidí hacer una leve investigación, para aclarar el misterio de los precios altos y su relación con la gasolina.
Tome mi indumentaria e detective y me encamine a la vivienda de mi compañero de trabajo, Watson: un perro gran danés de un metro de altura que más que un compañero es mi guardaespaldas. Le puse el arnés y salimos a la calle.
En poco tiempo nos encontrábamos frente a una gasolinera, caminé directamente a la oficina, al entrar me encontré con un hombrecillo de aspecto inofensivo sentado al otro lado de un viejo escritorio.
—¿Es usted el encargado?— Aquel individuo apenas apareció atender a mi llamado, tomó sus lentes y me dirigió una mirada confusa.
—Sí, ¿En qué puedo servirle?— Me preguntó cortésmente.
—Puede decirme a qué precio está el litro de gasolina?
—En cuatrocientos noventa y cinco pesos desde hace dos días.
—Y subiendo no es así.
—¿Cómo…? Su rostro se contrajo casi hasta tomar la forma de un signo de interrogación.
—Si, eso es lo que quiero saber. ¿Porqué suben el precio de la gasolina?—le aclaré al hombrecillo.
—Oiga,— farfulló – no es nuestra culpa que elevemos los precios si la fábrica procesadora nos cobra más caro la elaboración de gasolina, y no me haga perder más el tiempo!
Ahora el hombrecillo no parecía tan ofensivo como aparentaba, de veras que se enojó.
Watson, aunque no entendía nada del asunto, se mostró inquieto durante todo el rato como si comprendiera el problema.
Llegamos a la fábrica de procesamiento pasado el mediodía y fimos directamente con el gerente. En la entrada la secretaria me informó que Watson no podía pasar, cosa que le molestó mucho a él. Definitivamente después de mucho averiguar le indique a mi compañero que aguardara.
Aquel hombre regordete y de brillante calva me recibió cortésmente y me atendió de maravilla, aún sabiendo que me había anunciado como reportero, pero cuando le di a entender mis razones…
—Quisiera saber a qué se debe el alza de los precios en la elaboración de la gasolina.
Su sonrisa se esfumó.
—¿Nada más para esto vino?—Me dijo escrupulosamente
—He…, creo que si. —Balbuceé torpemente.
Entonces, se acercó, a escasos centímetros de mi cara y expresó:
—¿Qué quiere que haga, si los petroleros subieron el precio del crudo.—
Fue todo lo que dijo y salí hecho un rayo seguido por Watson, y subimos al coche. En dos horas estábamos ya en las industrias petroleras.
Nuevamente me encaminé con los encargados de la planta, especialmente con el administrador.
Por segunda vez, una apretada secretaria impedía el paso de Watson, este, inesperadamente se escurrió dentro de la oficina.
—¿Qué significa esto? —Gruñó el administrador —¿Cómo se atreve a introducir este can a mi oficina?
—Muy bien, ahora me va a oír. —Dije en el mismo tono al tiempo en que daba un paso enfrente—. Confiéselo, usted fue, quien subió el precio del crudo.
—Y porque no acusa al administrador de los pozos. Y salga de aquí.
¿Quién se cree que es para gritarme? —Rugió.
Al llegar a los pozos petroleros Watson fue el primero en bajar del coche.
Caminé hasta donde estaban unos individuos con cascos y uniformes amarillos, al parecer eran ingenieros de planta.
—¿Alguien conoce al administrador de esta planta?
Un tipo fortachón se dirigió hacia mí.
—Yo soy, ¡qué quiere? —Dijo Malhumorado.
—Mire, soy reportero y estoy haciendo una investigación, sobre la gasolina y los precios altos, creo que usted puede darme una razón concreta, de los precios tan altos de la gasolina y su relación con los productos básicos.
—La única razón, que yo le puedo dar, es que cada vez, nos aumenta más el precio de la maquinaria y forzosamente tenemos que desquitar el gasto.
Para entonces, sospechaba, haber seguido una pista falsa.
Tomé nota de los vendedores de maquinaria, que surtían los pozos y me dirigí allá.
Mi compañero se mostraba, cada vez más nervioso. Cuando llegué a la compañía de maquinarias del norte, ya no podía imaginar, que excusa me sacaría, y lo peor, es que siempre se echaban la culpa, unos a otros.
Me recibió, un tipo enclenque, con facha de “muertero”: saco negro y sombrero de copa.
Fui directamente al grano:—Ahora si— dije,— el tipo me miró impresionado.— Usted, me va a decir, porque aumentó el precio de la maquinaria, que a la vez hace que aumente el precio del petróleo, y este a su vez, hace que aumente el precio de la gasolina y suban todos los precios en el mercado.
Yo subo mis precios porque en la fundición, me cobran más caro, por las máquinas. Me miró con despecho.
—¿Qué quiere? ¿Qué me muera de hambre?
—Pues por mí, muérase!— le dije.
Cuando llegamos, a la fundidora, iba ardiendo en cólera, había perdido la paciencia.
Entré a la oficina e hice la pregunta de los sesenta y cuatro mil, la contestación fue:
—Los precios de los minerales, aumentan, porque los mineros, exigen, que se les pague más.
—Pues ahora verán esos mineros —le dije a mi acompañante, este a su vez lanzó un ladrido de afirmación, o tal vez eso me pareció.
Para cuando llegamos a la mina, ya habíamos gastado más en gasolina, que lo que habríamos gastado en un mes en alimentos.
Cuando di con el capataz, ya llevaba buen tiempo vagando por los alrededores y para colmo, este ni me pelaba, cuando hablaba, ya que se la pasaba cotorreando con su compañero. Hasta que perdí los estribos y o tomé por el cuello de la camisa.
—Dígame, porque subieron el previo al mineral, que causó el alza de los precios en el mercado.
—¡No me grite! —vociferó—. Los trabajadores piden más sueldo, porque no tienen para comprar frijoles, que ya subieron de precio.
El ojo morado que me puso este tipo, fue causa suficiente, para abandonar mi investigación, después de todo, Watson mordió al fortachón, y me sentí más tranquilo, de que viniera conmigo.
Ahora estaba seguro, de que el verdadero culpable de los precios altos, eran los frijoles.
Más abatidos que triunfantes, entramos a las oficinas de la administración agraria y nos dirigimos con el jefe.
—Señor—empecé— Como usted sabe, todo está subiendo de precio en el mercado y la vida es cada vez, más difícil podría decirme, por favor: ¿Por qué sube los precios del primer sospechoso, de aumentarlos en el mercado nacional? En este caso, el frijol.
Mi orgullo como detective, andaba por los suelos, el manual no decía nada de qué hacer en casos imposibles.
—Mire, amigo –Contestó el agrónomo, por cierto era el único, que me llamó, amigo— Nosotros traemos mercancía desde el campo…
—Sí, ya se – interrumpí— los trabajadores piden más sueldo.
—No es eso, a los trabajadores se le paga bien, nosotros usamos camionetas y otros vehículos para transportar el producto y últimamente, la transportación del frijol, es muy cara y ahora con eso de que acaba de subir la gasolina.
CASO CERRADO

Este cuento, tan pueril e inocentemente escrito, fue el primero que me publicaron en el año de 1990 (si mal no recuerdo) aunque lo escribí en 1987 cuando tenía 19 años de edad. Apreció en el periódico El Independeinte, en Saltillo, el último medio escrito en usar sistema caliente en su impresión. A este periódico se lo llevó el error de diciembre de 1993. Cosa que nos recuerda que la crisis de hoy no ha sido la única, ni será la última.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Estas antigüedades

Víctor Antero Flores

—¡No lo toques! —gritó la tía abuela.
—¿Por qué? —dije soltando el puñal sobre el cojín de terciopelo rojo.
Ella se acercó a la mesita y lo acomodó religiosamente en la posición correcta.
—Ese puñal es muy antiguo, tiene como doscientos años. Perteneció a mi abuelo.
Lo inspeccioné con curiosidad. Su hoja de dos filos refulgía como la plata y el mango, labrado en madera, parecía no haber sido tocado por cinco generaciones. Inclusive, las iniciales del tatarabuelo, talladas con letra rúnica, estaban como recién hechas.
—No parece tan antiguo.
—Es que ya lo han reparado varias veces. El torpe de tu padre le rompió el mango hace como cinco años y hubo que ponerle uno nuevo y el año pasado tu tío le rompió la hoja... me costó muy caro ponerle una nueva. Así que no lo toques. Estas antigüedades deben conservarse intactas.
—Ah, órale.

Este cuento fue publicado en el libro "Para leerlos todos, Antología de microcuentos" por la Universidad Iberoamericana  León, en Guanajuato, 2008.