sábado, 23 de abril de 2016

El final




Víctor Antero Flores

Tengo un problema con los finales. No me gusta que algunas cosas terminen y no me gustó ver como el planeta Tierra quedó convertido en una enorme ciruela pasa color azul. Sus continentes se arrugaron, los océanos perdieron toda proporción. África golpeó contra América y Europa quedó sobre Asia. Los meridianos y paralelos dejaron de ser líneas circulares y se convirtieron en ondas y rulos desatinados... y todo por permitir que una niña de ocho años jugara con mi globo terráqueo inflable.

Cuento publicadlo en el Libro Para Leerlos Todos, UIA León, Guanajuato, 2009

sábado, 6 de junio de 2015

El rey pobre
Víctor Antero Flores

Habrá, algún día, un rey de nombre Teodoro. Ancho de hombros, corpulento y viejo. Vestirá atavíos soberanos consistentes en un overol anaranjado, botas de hule y guantes de carnaza. Eso sí, una corona de hojalata le distinguirá de otros.
Su cetro será una escoba y su trono el escalón del cine viejo o la simple banqueta. Su castillo, una casa de cartones y tablas y en vez de caballo, un perro flaco y fiel, que lo seguirá por donde fuere.
El pueblo le reconocerá y se acercará a él en busca de consejo: 
—Señor, altísimo, serenísimo, majestad, sapiente, eruditísimo...
El rey levantando una mano y con gran paz dirá: 
—Ya, ya, no sean lambiscones y díganme, ¿qué desean?
Y las preguntas vendrán:
—La ropa de invierno es muy barata y los salarios siguen creciendo desde hace seis años. Nuestros hijos no tienen frío y el trabajo se hace menos pesado.
—Dejaremos de comprar al extranjero las ropas. Compraremos sólo a nuestros tejedores y artesanos. Propondremos a otros países nuestra ropa como la única invernal. En cuanto se desequilibre el mercado, bajaremos los salarios.
El asistente tomará nota y pasará la orden a la secretaría de comercio. Los hombres trajeados, que llegarán con su queja, sincronizarán sus relojes de oro, sacudirán el polvo de sus zapatos de charol y subirán a sus carros último modelo.
El rey proseguirá con su trabajo de limpieza. Deberá terminar la calle para seguir con la plaza. Ayudará a una señora cuyos criados no le serán suficientes para bajar el tantísimo mandado de su flamante camioneta. Jugará a la pelota con los niños más ricos de la ciudad, compadecido por su situación. Visitará las escuelas dominadas por adinerados religiosos y dará apoyo moral a los pequeñines que estudian. Revisará los programas para combatir la riqueza. Por una hora al día vestirá un elegantísimo esmoquin, para que la gente de muchos recursos se sienta identificada con él. Y a voces se dirá:
—El rey Teodoro es envidiable. Vean como vive, tan humilde, disfrutando de su libertad. ¡Qué debemos hacer nosotros para no tener tanto dinero!

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Cuento inspirado en Ardían Rodríguez García (foto), quien en la segunda mitad del siglo XX desarrolló un proyecto de gobierno personal, inteligente aunque indigente. Inmerso en su austeridad no perdía la esperanza de gobernar este país para ayudar a pobres, huérfanos y desvalidos.

lunes, 1 de julio de 2013

Un día dije


Víctor Antero Flores

Voy a conseguirme un científico y un ingeniero para tenerlos bajo mis órdenes. Diez años después me vi obligado a experimentar con la ciencia y a cursar una ingeniería. Ahora debo estudiar para empresario y ya planeo emanciparme de mi esclavitud.

lunes, 27 de agosto de 2012

Americo Vespucio

Americo Vespucio
Cápsula culturales Sobre el navegante italiano Américo Vespucio, Cuyo Nombre LE FUE otorgado al Continente Americano. 
Guión y Voz: Víctor Antero Flores. 
Producción:. Carlos Hernández 
. transmitido Por El Sistema Estatal de Radio de Coahuila www.coahuila.gob.mx / radio

jueves, 12 de abril de 2012

Sol de Anáhuac

Víctor Antero Flores
—Usted es el único interno que pide libros.
Ricardo Magnus examinó el tomo. Era un viejo ejemplar de París en el siglo XX.
—Es porque soy el único habitante de este lugar. Díselo a tu programador.
El robot levantó los tomos rechazados con su tentáculo y los colocó en el interior de su cuerpo.
—¿El señor está conforme? ¿Cuándo paso por el libro? ¿Lo terminará el domingo como acostumbra? ¿Desea ir escogiendo la próxima historia?
—Estoy aquí por ser un cuestionador violento, Aldo, como tú —dijo sobrio el hombre y se tiró en el catre a leer.
—La política no es mi ramo —indicó el androide.
—Mira, este libro tiene una dedicatoria en la primera página: Post mortem… Para Adrián Rodríguez García, padre de Ciudad Lux y creador de la Universidad Universo. De sus discípulos. Ya nadie lo acostumbra. ¿Será que ya no se editan tantos libros en papel? —suspira—. Recuerdo mejores tiempos.
El asistente extrajo de sus entrañas un panel lleno de perlas transparentes.
—Ahora nadie tiene por qué hacer el esfuerzo de traducir caracteres —dijo Aldo con voz mecánica—. Los libros digeribles pueden instalarse en el subconsciente.
­­—Jamás lo he hecho y nunca lo haré.
—El otro día tomó algunos.
—Pero no los tragué. Esos títulos son una curiosidad, incluso un misterio en la publicación de libros digeribles. No debieron ser editados y por eso los guardo. Por otro lado considero que esos librachos comestibles son una falacia.
—Tienen gran resultado, señor. Éxito de la nanotecnología. No hay que convencer a nadie de leer. Se tragan y al momento de requerir la información esta aparece como un recuerdo.
—Sé como funcionan. Inventos orientales para países tercermundistas. Tener que tragase un libro, literalmente, no sólo me parece absurdo sino risible. Generan un recuerdo raso del contenido. ¿En dónde queda el disfrute de la prosa, del idioma, de la narración, de lo humano? Un libro nos identifica con lo que somos. No como esos chícharos de información llana para tostadoras como tú.
—Estos libros elevaron el promedio de educación en el país a nivel profesional.
—¡Felicítame al presidente! —exclamó con sarcasmo.
El robot giró ciento ochenta grados y se dirigió al hombre que se acercaba.
—Felicidades, señor, de parte del interno.
Con afable aire el visitante esgrimió una orden y el robot se apostó a un lado.
—¿Molestando a la servidumbre, doctor?
—Es mi única distracción en el mundo real.
—Veo que sigue aficionado a lectura análoga.
Magnus lo miró receloso tras los barrotes y dejó el libro para más tarde.
—Usted no lo sabe, pero cuando abro estás páginas salgo de aquí y soy libre.
—Sé de lo que habla. Leí mucho en mis tiempos.
—¿Leyó mis libros?
—Algunos, antes de que usted fuera presidente. Admirables.
—¿Y Sol de Anáhuac?
El funcionario hizo otro gesto y el robot desplegó un banquillo, y tomó asiento.
—Usted no es un preso político.
—Entonces qué clase de reo soy.
—No reviviremos las monsergas del proceso.  La nueva administración no está de acuerdo con su condena, la consideramos exagerada por parte del tribunal mayor.
—Pues sáqueme —reclamó Ricardo Magnus poniéndose de pie.
—Las cosas ya son diferentes. El poder ejecutivo ya no es autocrático, la barra fuerte de la opinión pública sigue en su postura de extrema derecha y su falta está catalogada como un atentado a la soberanía nacional. Los testigos y las pruebas indican la intención de vender territorio mexicano a una potencia extranjera.
Magnus saltó sobre los barrotes y los apretó.
—¡Allí está la trampa! La procuraduría no hizo bien su trabajo. Las trasnacionales están de tras de todo. Mi intención era convertir en reserva ecológica la Cuenca de Maltos. Hubo información manipulada, documentos que se malinterpretaron.
—Lo entendemos. Su intención era evitar la explotación de los mantos de gas y petróleo recién descubiertos.
—El mundo necesita ese cambio —los ojos de Magnus centellaban—. Hay que terminar con las máquinas que queman hidrocarburos antes de que todo perezca. Si llegamos a ser los primeros en lograr la transición nos convertiremos en la punta de lanza de toda la tecnología que surja del cambio. ¿O vamos a esperar a que los orientales la inventen y nos la hagan tragar como estos libros?
Proyectó su mano tras la reja y tomó sin permiso la pluma del saco presidencial. Vació su contenido en el buró. Cinco esferas traslúcidas brillaron con la luz ámbar.
—Ese contendedor es regalo del obispo—dijo receloso el gobernante.
—Seguro aquí viene la Biblia, ¿no? —se burló el reo.
—La Biblia, La Constitución, dos tratados de paz social y el discurso de la victoria.
—Mi libro contiene los mecanismos para hacer la transición de los hidrocarburos a la energía solar sin quebrantar la economía.
—Eso significa echar fuera del país a las armadoras extranjeras y a otros involucrados. Provocaríamos una intervención.
—No, si propiciamos las condiciones para que esas fábricas emigren a otros países mientras desarrollamos nuestra propia tecnología… ¡Punta de lanza!
—¡Incosteable!
—Al contrario. Habrá que tumbar cabezas, limpiar terrenos, apropiarnos de nuestra propia riqueza y administrarla… De allí surgen los recursos.
—Dicho así parece fácil. Pero es obvio, lo dice un ex cacique.
—¿Y quién mejor? Su nueva administración tiene el plan de limpieza para terminar con las viejas posturas e instituciones que evitan la explotación de la propia riqueza. Yo, la forma de echar a andar un nuevo mundo. Mi libro… allí está todo.
—Sol de Anáhuac desapareció. No queda un solo tomo en el mundo.
El reo acopió las esferas de la mesa. Las observó, prestidigitó con ellas y poco a poco las  introdujo en la pluma.
—Sí, quedan algunos. Yo, por ejemplo, soy mi propio libro —dijo y después lo miró de soslayo—. Libéreme y el crédito será de ambos.
—No me interesan los créditos, eso es vicio de los viejos regímenes.
La mano del prisionero se estiró con amable gesto y le ofreció el contenedor.
—Entonces, que sea por el bien universal.
El presidente se incorporó, tomo su artículo y emprendió la marcha diciendo:
—Reformar la Procuraduría de Justicia llevará tiempo.
—¡Sabe que soy víctima de una caería política de mi partido! Pensamos igual, este fue un país asaltado por su propio gobierno y usted y yo iniciamos el cambio.
—Adiós, doctor Magnus.
El condenado resopló con amargura.
—Entonces, ¿cuál fue el motivo de su visita?
Aquel se detuvo.
—Fue meramente social — dijo y se alejó.
—¡Obtiene muchos créditos al visitar al único preso de Nueva Lecumberri! ¿Verdad? —gritó Magnus—. Cuando lea mi libro verá que tengo razón.
El robot aseó el piso donde los zapatos del mandatario dejaron el polvo de la calle. Luego, con sobrio servilismo, repitió su programa.
—¿El señor está conforme? ¿Cuándo paso por el libro? ¿Lo terminará…?
—Estoy conforme, Aldo. —se acercó a la máquina y preguntó—. ¿Puedo ver tu charola de los chícharos?
—¿El display? Por supuesto señor. Creí que nunca se decidiría. Tenemos la Historia Universal, Teatro y Literatura Dramática, Arqueología, Huitzilopochtli…
Ricardo Magnus agitó las manos queriendo sacudirse esa voz electrónica, tomó el exhibidor y lo acercó de un jalón. La sacudida calló al parlanchín.
—Uno es lo que come —expuso—. Hay que tener cuidado con lo que te metes en las tripas, Aldo. Hoy voy a hacerte una donación.
Sistemáticamente colocó, una tras otra, cinco perlas en el portalibros.
—¡Caramba, señor! ¿Qué obras son estas?
—La Biblia, La Constitución y no sé qué basura más.
—Son las del presidente.
—No. Es una coincidencia —mintió impasible mientras terminaba la operación.
Las cámaras oculares del robot inspeccionaron las esferas.
—No puedo procesar la incertidumbre.
—Lo sé —respiró aliviado y fue por su lectura. Hacía poco tiempo que varios tomos digeribles de Sol de Anáhuac le había llegado en la misma bandeja de del robot. ¿Quién lo hizo? Eso ya no importaba.—Hay muchas cosas por arreglar en este mundo; cosas que no entiendes mi estimada bobina parlante. Los hombres y las mujeres, desde que somos lo que somos, hemos sacado de su hábitat a muchas especies y luego, al ver nuestro error, buscamos la manera de reintegrarlos a la naturaleza. Mi especie  transformó… o mejor dicho trastornó su entorno en un afán evolutivo forzado y violento. Ahora la gran pregunta es ¿Cómo haremos para reintegrar al ser humano a la naturaleza? —el exhibidor con los libros desapareció en el interior de Aldo y ambos se miraron—. La respuesta ya viene, como cada nuevo sol de los aztecas.
El robot parpadeó y Ricardo Magnus se tiró en el catre a leer.

"Sol de Anáhuac" ganó el Segundo lugar en el Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción y Fantasía "Todo puede cambiar" de La Brigada para leer en libertad A.C. en México D.F. 
Fue incluido en el libro "Y si todo cambiara". Mayo de 2011.

martes, 5 de julio de 2011

La manda


Víctor Antero Flores

El sol de mediodía calcina la tierra.
Por la vereda marcha el viejo. Lento, pesado, desquebrajado. Una cobija envuelve su cuerpo. Sólo se ven sus piernas zambas salir bajo las hilachas. Zapatones rotos. Pasos pequeños que provocan un bamboleo de nave en ultramar. Un morral cuelga de su hombro. Pocas provisiones para un horizonte tan yerto. El sudor escurre bajo su sombrero de palma, recorre los surcos de su cara que persisten secos y gotea desde su nariz hasta evaporarse entre las piedras.
Una polvareda en el frente lejano indica gran movimiento de animales y personas.
Cada paso es menguado, como si llevara un enorme peso sobre sus hombros.
La columna federal apareció detrás.
No se detuvo pese al ruido de los caballos. Comenzaron a pasarlo: Uniformes caquis, oficiales azules, carabinas, sables, cañones. Luego las carretas de pertrechos. De pronto toda esa hilera se detiene al grito del comandante. Un jinete sale de la formación y va directo a él.
—Tú, viejo. ¿A dónde vas?
—A Saltillo —indicó con voz dolorosa, levantando los ojos para verle la cara.
—Atrás hay un caballo muerto de un tiro, ¿es tuyo?
—Nunca he tenido caballo.
Bigote adusto, quepí ceñido, casaca pulcra, brillante botonadura. El militar no está para perder el tiempo.
—Yo creo que eres gente de Murguía.
—¿Yo, señor? No.
—Los vamos siguiendo.
—Pasaron hace mucho rato.
El jinete desmonta e inspecciona más de cerca al viejo.
—Atacaron la Hacienda de la Luz donde estábamos acuartelados. Los echamos a correr, pero saquearon la bodega y se llevaron cosas de valor. ¿De dónde vienes?
—De Cuatro Ciénagas.
—Eres gente del Primer Jefe de ellos, ¿verdad?
—No, señor. Trabajé en sus tierras, de peón.
—¿Y ya no?
—No. Eran malos para pagar.
—Yo creo que andas en la bola.
—Ya estoy viejo para esas cosas.
Fría indagación.
—¿Tienes tierras allá?
—La única tierra que poseo es la que traigo en los pies.
—Ya dime, ¿de quién eres gente?
—Yo no soy de nadie.
—Pues te vamos a fusilar.
La sentencia ni siquiera perturba al anciano. Permanece mirándole de manera famélica y habla con resignación.
—Pos bueno, lo que mande usted. Ya le he pedido a mi Señor que me recoja. Tal vez Dios los mandó a ustedes para concederme el favor.
—¡Teniente! —vocifera el general—. Forme un escuadrón.
De un manotazo le arrebata el morral y vuelca su contenido en el suelo. Ordena a un soldado que inspeccione aquello. Un guaje con agua, un itacate con tortillas viejas, una cuchara, una taza de metal, una bolsa con granos de maíz y un escapulario, todo aquello es revuelto y arrojado en el camino.
—Ni armas ni mensajes, jefe.
—¿Qué traes bajo esa cobija?
El anciano aprieta la manta como si fuera de gran valor.
—Mis cueros, señor, y mucho frío.
—Párate allí.
Se acomoda al margen del camino. Cinco hombres forman una fila.
—Por última vez, ¿de quién eres gente?
—Soy gente del pueblo.
—¡Teniente! —indica con el gesto autoritario de “ya sabe lo que tiene que hacer”.
A la orden del subalterno los soldados cortan cartucho y apuntan. Se miran de reojo, unos tiemblan, otros permanecen insufribles, esperan el mandato fatal.
—Concédame una última voluntad, señor —exclama el condenado con voz apenas audible—. Por derecho de hombres.
—Habla.
—Voy a pie hasta la Capilla del Santo Cristo para cumplir una manda a mi Señor. Es una promesa, pero como veo que no voy a llegar, allí le encargo que lleve usted ese escapulario hasta el altar. Allí van cosidos unos milagritos. Le dicen al cura que son por haberme salvado de morir un día —dicho esto baja la cabeza—. Ahora sí, fusíleme usted.
Una pausa. El sol los quema en silencio. Los tiradores se cansan de la postura. Se tambalean. Tras el viejo, en el desierto, se levantan torbellinos de polvo. La columna espera.
—¡Bajen las armas! —ordena el jefe—. ¡Monten todos! ¡Nos vamos de aquí!
Con el mismo estruendo de la llegada, se retiran. Caballos, hombres y carretas se pierden a lo lejos dejando una estela de polvo.
El viejo permanece junto a la vereda. En cuanto los pierde de vista va por su guaje, lo levanta con gran trabajo y da un trago. Se quita la cobija. Dos cananas cruzan su pecho llenas de cartuchos lustrosos y otros faltantes. Lleva una pistola metida en el cinturón. Sin duda esos fierros le pesan, pero no tanto como los dos sacos amarrados al mecate que franquea su cuello. Los suelta y abre uno. Saca siete monedas de oro y las mete en el escapulario.
—Estas son para mi Santo Cristo, que otra vez me hizo el milagro. No importa que sea dinero federal. Igual vale.

 
09 de abril de 2010
"La manda" es un cuento publicado en la revista anual PEGASO, Number 4, Fall 2010. Is a refereed journal sponsored by the Department of Modern Lenguages, Literatures and Lingustics of the University of Oklahoma, USA.